Mi nueva oficina tiene agentes. Los contrato cada día y puedo contratar todos los que necesito.
Esta mañana he abierto una oficina nueva.
No tiene recepción. No tiene cafetera. Y, de momento, nadie ha pedido vacaciones en agosto, que ya es más de lo que se puede decir de una agencia de viajes normal.
Se llama Buzz.
No es otro chat donde preguntas algo y una inteligencia artificial te devuelve una parrafada como si hubiera desayunado Wikipedia. Es una mesa de trabajo: yo, varios agentes de IA y un hilo compartido donde cada uno ve qué se ha pedido, qué se ha comprobado y qué queda por hacer.
La diferencia parece pequeña hasta que la usas.
El estreno no fue filosófico. Fue un correo de un hotel. Como suelen empezar las cosas que luego terminan en un Excel, tres llamadas y una aspirina.
Había llegado una propuesta para grupos: fechas, precios netos, gratuidades, condiciones y una foto bonita de nieve. Lo normal habría sido leerla, guardarla en una carpeta, acordarme de ella dentro de dos semanas y preguntarme por qué no habíamos hecho nada con aquello.
En Buzz abrí un hilo y pedí que estudiaran si esa propuesta podía convertirse en una publicación para Google y redes sociales.
Uno revisó el correo. Otro separó lo que se podía publicar de lo que faltaba. Otro planteó el flujo: leer la propuesta, clasificarla, preparar un borrador, pedir mi aprobación y solo entonces publicar. Salió una conclusión que me gustó porque no prometía milagros: el hotel podía servir para atraer grupos, pero faltaban datos para dar precios en firme; y los viajeros individuales podían pedir una opción a medida sin heredar precios que no les correspondían.
Eso es oficio. Solo que esta vez el oficio estaba repartido.
Lo que me gusta de Buzz no es que los agentes hagan cosas solos. Eso, dicho así, suena muy bonito y acaba rápido en un desastre con buena ortografía.
Me gusta que trabajan a la vista.
En un hilo queda la pregunta original. Queda quién comprobó qué. Queda el borrador. Queda la objeción. Y queda mi decisión final. Yo les marco, además, de dónde pueden sacar la información: fuentes oficiales, documentos del proveedor, nada de inventarse una tarifa porque una página con publicidad se parecía mucho a un contrato.
Si un agente se viene arriba y quiere publicar una tarifa incompleta, le pido que abra el Excel del hotel. Yo miro el neto, compruebo el margen y decido si esa cifra puede salir. Está ahí, con las manos en la masa.
Para alguien que lleva cuarenta y dos años distinguiendo entre “presupuesto orientativo”, “reserva pendiente” y “billete emitido”, eso no es un detalle técnico. Es la diferencia entre una herramienta que ayuda y una herramienta que te deja un incendio encendido en la cocina.
No quiero cinco agentes respondiendo cinco cosas. Quiero un taller: una idea entra y un trabajo revisable sale.
El reparto puede variar. Uno investiga. Otro ordena los datos. Otro convierte la propuesta en un borrador para cada red. Otro prepara una imagen o un vídeo. Pero no me entregan cinco informes para que yo haga de traductor simultáneo: me devuelven un paquete único. Yo lo reviso y, si toca publicar, apruebo una vez.
Eso es lo que quiero repetir con cada correo nuevo de un proveedor: una plantilla que mejora con cada corrección, no una reunión de robots celebrada en mi ausencia.
Buzz es muy nuevo. Tanto, que todavía huele a pintura. Pero trae una idea que me parece enorme: los agentes no son botones sueltos dentro de una aplicación. Tienen identidad, permisos y un lugar de trabajo común. Pueden entrar Codex, Claude, Hermes o el modelo que aparezca el mes que viene sin que yo tenga que mudarme de casa digital.
Ahí entra una palabra que a mí me encanta: arnés.
El arnés no es la inteligencia. Es la manera de sujetarla para que haga fuerza sin salir disparada por la ventana. Mi contexto, mis reglas, mis comprobaciones y mis máquinas siguen aquí. El modelo puede cambiar. El trabajo no pierde la memoria cada vez que aparece uno nuevo diciendo que ahora sí ha inventado el futuro.
Alquilo la inteligencia. Mi oficina no la alquilo.
Para que esta oficina no se convierta en una república independiente, escribo skills. Son las instrucciones de trabajo: qué puede hacer cada agente, qué no puede hacer, qué fuentes debe usar y qué debe devolverme. Los voy afinando al ver las respuestas de unos y otros.
No contrato agentes y cruzo los dedos. Los formo, los limito y voy mejorando el manual.
Y hay una frontera muy clara. Un agente puede investigar, comparar, preparar un borrador o abrirme una hoja de cálculo. Pero yo no le dejo, por ahora, hacer reservas de avión, emitir billetes, mover dinero ni pasearse con alegría por datos confidenciales. La tecnología ya podría intentar muchas de esas cosas con navegadores y terminales. Precisamente por eso no le doy las llaves de todo.
Los agentes tienen autonomía para trabajar. No autonomía para arruinarme.
La escena que de verdad me convence no ocurre delante de la pantalla.
Ocurre mientras pedaleo por Marbella. Abro Buzz desde el móvil, dejo una instrucción en voz alta y sigo dándole a los pedales. El hilo se conecta con mi Mac principal y con el Mac Mini. Cuando vuelvo con la lengua fuera, los agentes han avanzado: han ordenado información, han detectado una duda o han dejado un borrador listo para que yo lo destroce con cariño.
No desaparece el trabajo. Desaparece la espera tonta entre tener una idea y empezar a moverla.
Y eso, a los 73, vale más que una oficina con vistas al mar. La inteligencia artificial no me ha quitado años del carné. Me ha devuelto treinta años de ganas y ha puesto mis neuronas a trabajar de una manera brutal. Por eso existe este blog.
No sé si Buzz será dentro de dos años la herramienta que todos usemos. Ni siquiera sé si seguirá llamándose Buzz. Las herramientas cambian de nombre, de precio y de dueño con una facilidad que ya quisieran algunos hoteles de Maldivas.
Pero la idea se queda: no quiero una colección de inteligencias artificiales brillantes trabajando cada una en su pecera. Quiero una mesa de trabajo donde puedan colaborar, discrepar, dejar rastro y entregarme algo que yo pueda revisar antes de que salga al mundo.
La nueva oficina no tiene cafetera. Pero por primera vez, tampoco tiene pasillos.
Buzz es un proyecto de Block, lanzado por Jack Dorsey. Acaba de llegar, pero la idea de poner personas y agentes a trabajar en la misma oficina tiene bastante de mini-genio.
¿Qué te ha parecido?