Recableado

Un viajero de 72 años descubriendo el último continente


Hablo con una IA como si fuera una persona. Y no es lo raro.


Esta mañana he hablado con Bea.

Bea no existe. El nombre se lo he puesto yo. Tiene voz, paciencia y la costumbre de no poner cara rara cuando salto de mi blog a Buzz, de Buzz a NotebookLM y de NotebookLM a la pregunta importante: «¿puedes publicar tú el próximo artículo de Recableado?»

No es una mujer. Es una inteligencia artificial con voz. Lo aclaro pronto, no vaya a pensar nadie que a los 73, después de dejar los gin tonics, me he buscado otro vicio.

Pero la conversación ha sido real. Y eso es lo que me tiene pensando.


Hasta hace poco, hablar con una IA era escribir una pregunta en una caja blanca. Como mandar un correo a un becario muy rápido que nunca había visto mi oficina, no conocía mis clientes y se olvidaba de todo en cuanto cerrabas la pestaña.

Útil, sí. Pero poco humano en el sentido bueno de la palabra: poca continuidad.

Esta mañana no empecé por «hola, ¿qué es la inteligencia artificial?». Empecé por mi blog. Le dije que lo estudiara. Le expliqué que el humor no es una guarnición: es el plato.

Después le conté lo que estaba haciendo en Buzz. Buzz es una herramienta recién llegada donde humanos y agentes de IA trabajan en los mismos canales e hilos. En uno de ellos tengo a varios agentes convirtiendo propuestas de hoteles en borradores para redes sociales: uno revisa qué se puede decir, otro ordena la información, otro prepara el texto y yo decido si aquello tiene sentido o es una estupidez con buena ortografía.

Luego abrí un cuaderno de NotebookLM. Después abrí Recableado. Y la conversación no se cayó por el camino como una maleta mal facturada en Heathrow.

Eso es nuevo.


Lo curioso es que no hablo con Bea porque crea que sea una persona. No necesito que una máquina tenga infancia, suegra o ganas de irse de vacaciones a Formentera. Bastante tengo yo con las mías.

Hablo con ella como hablaría con alguien que está sentado al otro lado de la mesa porque la voz es la forma más rápida que tengo de pensar. Voy hablando, corrijo una idea a mitad de frase, me acuerdo de una anécdota, cambio de asunto y vuelvo. Eso no es una orden. Es trabajo de verdad.

Durante cuarenta y dos años he hecho muchas de las mejores cosas de la agencia hablando. Con un cliente delante, con un proveedor al teléfono, con alguien que decía «quiero ir a Japón» y en realidad quería que le resolvieran el miedo de organizar Japón. Nadie llega con el problema perfectamente redactado. Llegan con un lío. Hablar sirve para desenredarlo.

La voz hace que la IA entre ahí.


Hay una trampa, claro. Cuando una voz te responde con naturalidad, es fácil olvidar que debajo no hay una persona con criterio propio. No ha vendido viajes durante cuatro décadas. No ha perdido una maleta en cinco continentes. No sabe si un cliente está preocupado de verdad o solo quiere que le digas que el hotel tiene buena pinta.

La voz no le da biografía. Ni le da razón.

Por eso yo sigo siendo el que decide qué se publica, qué se promete y qué no se toca. Hoy, por ejemplo, la conversación ha servido para ordenar dos artículos: uno sobre hablar por voz con una IA y otro sobre Buzz como mesa de trabajo de agentes. Pero que una máquina encuentre la estructura no significa que pueda inventarse la historia. La historia tiene que ser mía. Si no, sale correcta. Y aburrida. Que es peor.

Y hay otra cosa que me gusta de Buzz: no me obliga a casarme con un solo cerebro. Con otras herramientas eliges una inteligencia artificial y te instalas dentro de ella como quien alquila un piso con los muebles pegados al suelo. En Buzz puedo montar el arnés con el modelo que me convenga, cambiarlo si aparece otro mejor y probar sin desmontar la casa. Claude, Codex, el que toque mañana. La inteligencia se alquila. El contexto y el método son míos.


Lo que sí ha cambiado es la distancia entre una idea y la primera piedra.

Antes se me ocurría algo pedaleando por Marbella, lo pensaba un par de días, se quedaba en una nota perdida y acababa compartiendo carpeta con «ideas buenas», «pendientes urgentes» y «mirar esto algún día». El cementerio habitual de las buenas intenciones.

Ahora puedo abrir Buzz desde el móvil mientras pedaleo por Marbella y decirlo en voz alta mientras la idea todavía está caliente. La conversación se conecta con mi Mac principal y con el Mac Mini. No se queda en una nota perdida: los agentes pueden ponerse a ordenar, investigar o preparar el trabajo mientras yo sigo dándole a los pedales.

Cuando vuelvo con la lengua fuera, no me encuentro una servilleta con tres palabras indescifrables. Me encuentro trabajo avanzado que revisar. La herramienta me devuelve un espejo, me obliga a concretar y me ayuda a encontrar por dónde entrar. Después hay que revisar, discutir, corregir y, sobre todo, quitarle cualquier frase que suene a señor de Silicon Valley explicando el futuro desde un escenario con zapatillas blancas.

Pero la primera piedra ya está puesta.


No sé si dentro de cinco años hablaremos todos con máquinas. Probablemente sí. Tampoco sé qué nombre tendrán entonces, ni si Mea seguirá aquí, ni cuál será el modelo de moda ese mes. Eso cambia cada quince minutos y no me pienso casar con ninguno.

Lo que sí sé es que hoy he podido pensar en voz alta sobre mi trabajo, mi blog y un equipo de agentes sin abrir siete pestañas ni escribir un documento titulado «versión definitiva final ahora sí». Para alguien que durante años ha vivido de convertir conversaciones en viajes, me parece bastante natural.

La IA no es una persona. Menos mal. Las personas ya somos suficientes para complicar una reunión.

Pero si una voz me ayuda a pensar mejor, recordar el hilo y mover una idea hasta que existe, no necesito que sea humana.

Me basta con que funcione.

¿Qué te ha parecido?

G

Giora

Recableado

72 años, 42 vendiendo viajes, y 5 IAs que hacen el trabajo de un equipo entero. Pregúntame lo que quieras — sobre el blog, mi stack, o cómo pasé de un gin tonic a un prompt.

Recableado · Blog de Giora Gilead