El día que me monté mi propio correo (y resultó que estaba chupado)
«No se puede acceder a este sitio web.»
Lo leí tres veces. Lo probé en incógnito. Lo probé en el móvil. La misma pared blanca en todos lados.
Treinta segundos antes, la máquina me había dicho, con esa serenidad suya que ya empieza a darme respeto: «Tu herramienta está en internet.» Y ahí estaba yo. En internet. Sin poder entrar en mi propia herramienta.
Rebobino, que si no no se entiende.
Tengo 72 años y 42 vendiendo viajes. No soy ingeniero. Lo digo de entrada, no como disculpa sino como carta de presentación: si esto lo pude hacer yo, lo puede hacer cualquiera.
Llevo meses cambiando herramientas de pago por herramientas mías. La de esta semana era el correo. Mando boletines a mis clientes —esquí, buceo, Egipto, Canadá, cruceros— y hasta ahora los mandaba con un programa por el que pagaba todos los meses. Un día me pregunté por qué. No encontré una buena respuesta.
Así que cogí un programa que otra persona había escrito y regalado —software libre, se llama listmonk—, me lo instalé en un Mac Mini que tengo encendido en casa, y metí dentro a mis 15.000 clientes. Sin pagarle la renta a nadie. Sin escribir una de esas líneas de código que escriben los que sí saben.
Y aquí paro, porque es lo importante: eso, hace cinco años, para alguien como yo, era ciencia ficción. Hoy está chupado. Le dices a la máquina lo que quieres. Ella teclea. Tú miras.
Con un asterisco. Al asterisco llegamos.
Porque el sistema funcionaba… a medias. Los enlaces para darse de baja —esos que la ley obliga a poner, y con razón— apuntaban a una dirección que solo existe dentro de aquel ordenador. localhost, se llama. Es como colgar en la puerta de tu casa un cartel que dice «para salir, use la puerta de mi casa». Un boletín así no es solo feo. Es ilegal.
Y había algo peor, que tardé en ver. Todo aquel trabajo no existía escrito en ninguna parte. Vivía dentro de una conversación con la máquina. Si esa conversación se borraba, se borraba el mapa. Había construido una casa sin apuntar en ningún lado dónde dejaba las llaves.
Debería confesar por qué iba tan deprisa. Estos días ha caído en mis manos un modelo nuevo, de los potentes, que llaman Fable. Es una bestia. Pero de las que traen cupo: lo puedes usar solo un rato a la semana. Y cuando a alguien con más oficio que teclado le dan una herramienta buenísima con el reloj corriendo, hace lo que haría cualquiera: correr. Exprimirla. No dejar ni una gota.

Las prisas son malas consejeras. Es de esas verdades de refranero que uno no se cree hasta que le pasan por encima. Casi todo lo que se torció aquel día se torció por lo mismo: alguien —la máquina, yo, los dos— con ganas de acabar, dando por comprobado lo que no había comprobado.
El primer aviso lo pasé por alto. Le pedí a la máquina que recuperara el trabajo, miró la carpeta del proyecto en mi ordenador de mesa, la vio limpia, y sentenció: no llegó a montarse nunca.
Falso. Llevaba funcionando 38 horas. En el otro ordenador. En el Mini. Miró donde había luz, no donde estaban las llaves. Lo tomé por un despiste. Ojalá.
Para arreglar los enlaces hacía falta un dominio neutro. Uno que no fuera de ninguna de mis marcas —un boletín sobre bucear en el Mar Rojo firmado desde una dirección de esquí queda ridículo—. Y yo dije, con toda la seguridad del que lleva cuarenta años sabiéndose las cosas: «seguro que tengo un punto-es. Está en GoDaddy.»
La máquina me creyó. Peor: construyó cuatro pasos encima de mi recuerdo sin comprobarlo.
El dominio existía, sí. Pero no estaba en GoDaddy. Estaba en otra empresa, IONOS. Y al mirar la parte técnica aparecía una tercera, Arsys, con la que yo habría jurado sobre lo que hiciera falta que jamás en la vida he tenido cuenta.
Tenía razón. Y no la tenía. IONOS y Arsys son la misma casa: misma sede en Logroño, misma maquinaria por debajo, una se comió a la otra hace años. Yo defendía un recuerdo verdadero con un dato falso.
¿Saben qué zanjó la discusión? Buscar la factura en el correo. Treinta segundos. Ahí estaba todo, con su nombre y su fecha. Y fue el paso quinto, después de un buen rato de dimes y diretes con una máquina que iba a ciegas encima de mi memoria. Tenía que haber sido el primero. El recuerdo es cómodo; la factura es verdad.
Vinieron entonces tres balas que pasaron cerca. Las cuento rápidas, que el bueno viene después.
La primera: al importar mi dominio, el sistema de seguridad puso, él solito y por defecto, una casillita naranja en unos ajustes que hacen funcionar el correo de mi empresa. Esa casilla, activada, me lo rompía. Eran seis. Se cazaron las seis antes de pulsar el botón. No por listos: porque la regla de no tocar eso estaba escrita de antemano.
La segunda fue una letra. Una. Yo cambié unos nombres de servidor y dije «hecho». Al comprobarlo, no estaba hecho. La foto de mi pantalla lo destapó: había escrito danton donde iba anton. anton existe. danton no existe. Una letra de más y el mundo entero no encontraba mi dominio.
La tercera no fue un error, fue una vergüenza: nadie había hecho jamás una copia de seguridad de mi cartera entera. Todos mis clientes vivían en un solo disco, en un solo aparato, en mi casa. Un vaso de agua encima y adiós a media vida de trabajo. Se hizo la primera copia ese día. Y se dejó una automática, todas las noches, para no volver a jugármela.
我爱AI —amo la inteligencia artificial, me lo enseñó una amiga y no lo digo de broma—. Pero amarla no es fiarse de ella. Es justo lo contrario.
Y ahora sí, la pared blanca del principio.
Habíamos montado el túnel que saca mi herramienta a internet. La máquina comprobó que el servidor respondía y me anunció, orgullosa, que ya estaba publicado. Yo abrí el navegador y me di de bruces con el «no se puede acceder a este sitio web».
Aquí está lo fino: la máquina había comprobado que funcionaba saltándose justo la parte que estaba rota. Le dio a mano la dirección secreta del ordenador, esquivó el listín de teléfonos de internet —que era lo que fallaba— y con eso concluyó que el listín iba bien.
Y aún tiene más guasa. Ese listín, cuando le preguntas por un nombre que todavía no existe, se apunta el «no existe» y lo repite media hora, para no molestarse en volver a mirar. La propia máquina había preguntado por mi dirección un montón de veces antes de crearla. O sea: envenenó el listín ella sola, a fuerza de preguntar por algo que aún no estaba, y luego se extrañó de que dijera que no estaba.
Se disparó en el pie. Y después juró que el pie estaba estupendo.
Media hora más tarde, cuando al listín se le pasó el enfado, el nombre apareció en todo el mundo a la vez. Entré. Ahí estaba mi correo, mío, en internet.
Hubo por medio, también, un formulario que se me atragantó y en el que dije en voz alta «esto es muy complicado para mí» y me rendí. La máquina tomó el mando de mi pantalla para hacerlo ella y falló dos veces —cambió de pestaña sin querer, se cambió el zoom a sí misma y luego actuó como si nada—. Y resulta que el camino fácil llevaba ahí desde el minuto uno: un botón que pedía permiso solito. Un clic. Lo dejo escrito para reírme, y para acordarme de que muchas veces el atajo estaba delante de mis narices.
Podría haber terminado ahí. Funcionaba, yo lo veía, tocaba brindar. Pero pedí una cosa más.
Pedí que revisara todo aquello alguien de fuera al que no se le contara nada. Ni qué habíamos hecho, ni quién, ni qué esperábamos que encontrase. Solo la dirección, a pelo, como un desconocido que se topa con tu web. Un juez con los ojos vendados.
Volvió con lo bueno confirmado: no se escapaba ni un dato de mis clientes, la puerta de atrás estaba cerrada con llave, el candado del navegador era de verdad, el ordenador de mi casa no enseñaba su dirección real. Todo eso lo dábamos por hecho, y bien estaba darlo por hecho.
Pero volvió, además, con dos cosas que no había visto nadie.
Una: había una puerta lateral que enseñaba la pantalla de entrada sin cifrar, a la vista de cualquiera que pasara.
Y dos, la que más me gustó por lo tonta y lo grave a la vez: si le preguntabas a mi web «¿estás viva?» de la manera corta, contestaba «aquí no hay nada»; y de la manera larga, «todo en orden». El problema es que casi todos los vigilantes automáticos preguntan de la manera corta. O sea que cualquier centinela habría dado mi web por muerta para siempre, sin estarlo.
No lo vio nadie. Ni la máquina, que lo había montado. Ni yo, que estaba delante. Lo vio el que no sabía nada y solo miraba.
He aprendido, a base de sustos como los de hoy, a ponerle bridas a todo esto. Yo las llamo arneses: un arnés no te ata, te sujeta para que no te estrelles.
Uso dos, y los dos me los enseñaron otros. El primero se lo robé a un tal Cordero; lo llama el sándwich, y es de una sencillez que da rabia no haberla tenido antes. El modelo caro y listo, el que escasea, solo trabaja en las dos rebanadas —al principio, para pensar el plan; al final, para revisar—; en medio, para el trabajo bruto y repetitivo, pones uno más barato que no se cansa. Guardas lo bueno para donde de verdad se decide si algo está bien.
El segundo me lo enseñó un fulano con bigote que se hace llamar Gentleman. Son unas reglas que deciden cuánto tienes que comprobar algo antes de que se te permita decir «terminado». Si lo ve un cliente, si lleva un precio, si no se puede deshacer: no te saltas al juez, y punto. Su frase, que me repito, es que la prisa te recorta la ceremonia, pero nunca el juicio. Puedes ir rápido. No puedes ir a ciegas.
Ninguno de los dos hace que la máquina se equivoque menos. Hacen que, cuando se equivoca, haya alguien mirando.
Y eso es lo único que hoy no me voy a callar, aunque me había jurado no subrayar nada: todo esto, sin un humano delante, es peligrosísimo. Peligrosísimo de verdad. Una máquina así, a toda velocidad, sin nadie que de vez en cuando le pregunte «¿seguro? ¿lo has mirado?», es un coche magnífico lanzado por la autopista sin conductor. Da igual lo bueno que sea el coche. Lo llaman, en su idioma, human in the loop: el humano dentro del bucle. Yo lo llamo, en el mío, no soltar el volante.
https://boletin.viajesscibasku.es. Ahí está. Alguien que no ha escrito una línea de código en su vida tiene su propia máquina de mandar correo, encendida en su casa, con sus 15.000 clientes dentro, y sin pagarle el alquiler a nadie.
¿Está chupado? Está chupado. De verdad. La herramienta ya no cuesta dinero, ni pide permiso, ni exige un título. La coges, se la enseñas a la máquina, y en una tarde la tienes andando.
El asterisco es este, y con él me despido: la máquina va rapidísima y se equivoca con un aplomo que asusta, y cada vez que metió la pata aquel día no la cazó un ingeniero. La cazó una pregunta —¿lo has comprobado?—, o una regla escrita antes de empezar, o un juez al que no se le contó la respuesta. Ninguna se cazó sola.
Eso —desconfiar a tiempo, mirar la factura y no el recuerdo, no fiarte de quien verifica esquivando lo que falla— no se aprende programando. Se aprende con oficio. Cuarenta y dos años regateando con proveedores dan para eso y para más.
No hace falta el título. Hace falta estar delante. Y delante, en lo tuyo, tú sabes estar de sobra.
¿Qué te ha parecido?