Recableado

Un viajero de 72 años descubriendo el último continente


De alumno pésimo a profesor a los 72


El chico que odiaba los pupitres ahora da clase. Y no soy el único sorprendido.


El alumno que fui

No era vago. Era otra cosa.

En el colegio miraba el reloj. En el instituto miraba la puerta. En la universidad… bueno, no llegué a la universidad. No porque no pudiera — porque estudiar me parecía lo más aburrido del mundo.

Un profesor soltando monólogo. Yo en una silla incómoda. Apuntes. Exámenes. Notas. Y al final, ¿qué? Nada que ver con la vida real.

Me iba bien en lo que me interesaba. Geografía, por ejemplo. Podía situarte cualquier capital del mundo porque aquello tenía que ver con viajar, con movimiento, con algo real. Pero historia del arte a las ocho de la mañana escuchando a alguien hablar de frescos del siglo XIV… prefería mirar la mosca en la ventana.

“No rinde”, decían mis profesores. “Tiene potencial pero no estudia.”

Y tenían razón. No estudiaba. Porque no quería. Porque aquello no era para mí.

O eso creía.

Aprendiz de la calle, 42 años

A los 18 empecé a trabajar. Y ahí sí aprendí.

Nadie me preguntó si había hecho los deberes. Me preguntaron si el cliente llegaba a Sipadan. Nadie me puso un examen de reservas aéreas — me pusieron a un cliente al otro lado del teléfono con una combinación de vuelos imposible y una huelga de controladores. Y ahí aprendías o te comía el suelo.

42 años vendiendo viajes. 42 años de aprendizaje continuo sin un solo pupitre.

Aprendí de proveedores que me enseñaban destinos. De clientes que me contaban cómo era realmente un hotel que yo solo había visto en fotos. De crisis — una erupción volcánica en Islandia, una pandemia, un overbooking en Nochevieja. De fronteras que se abrían y cerraban. De monedas que subían y bajaban.

Nunca estudié para nada de eso. Lo aprendí haciéndolo.

Y pensaba que esa era la única forma de aprender.

El clic (que no fue con un ratón)

Primavera de 2025.

Diabetes. Adiós al gin tonic. Adiós a las noches largas en la terraza. Me quedé sin mi rito social y sin saber qué hacer con las horas muertas.

YouTube.

Un video sobre ChatGPT. Porque el algoritmo sabe mejor que tú lo que necesitas. Otro video. Otro.

Alguien en una pantalla explicaba cómo la inteligencia artificial podía hacer cosas. Y por primera vez en décadas, tuve curiosidad. No porque hubiera un examen — porque parecía divertido.

Me apunté a un curso. “DOMINA ChatGPT”, 39 euros. El instructor, José Ródenas, no sabía que se había metido en un lío.

A los 71 años, pagando 39 euros por un curso online, descubrí que estudiar no es el problema. El problema es cómo te lo sirven.

Por primera vez, estudiar no era memorizar. Era conversar. Preguntar. Probar. Equivocarme. Volver a preguntar.

No había un temario rígido. Había un diálogo. Y yo, que había odiado los pupitres durante seis décadas, empecé a madrugar para estudiar.

Mi nota final: 91,18 sobre 100.

José me escribió: “Si este trabajo lo leyera alguien fuera del contexto del curso, pensaría que estás diseñando el manual operativo de una agencia boutique de alto nivel.”

Y tenía razón. Pero lo mejor no era la nota. Era que lo había disfrutado.

¿Qué enseño ahora?

Pues resulta que enseño.

A mis casi 73 años, soy el pesado que no para de explicar cosas.

Enseño a gente que, como yo, pensaba que la tecnología no iba con ellos. Gente de 50, 60, 70 años que cree que ya es tarde. Que “esto no es para mí”. Que “yo ya estoy mayor para estas cosas”.

Y yo les digo: llevo 42 años vendiendo viajes, empecé con una máquina de escribir, pasé al fax, luego al email, luego a un CRM, luego a cinco IAs trabajando para mí mientras duermo. Y lo único que ha cambiado es que ahora me gusta aprender.

¿Qué enseño exactamente?

  • Que un prompt no es magia — es saber pedir.
  • Que tener un agente IA no es tener un empleado — es tener un socio que no se cansa.
  • Que “no sé programar” no es una excusa — es el punto de partida.
  • Que la edad no importa. Que lo que importa son las ganas.

Y a veces, cuando el alumno enciende la bombilla, veo en sus ojos lo mismo que vi yo aquella noche de primavera en Marbella, sin gin tonic, mirando un video de YouTube a las dos de la madrugada.

La ironía

Mi yo adolescente no se lo creería.

El que copiaba los apuntes de otro para no tener que leer. El que miraba el reloj cada cinco minutos. El que salía del examen habiendo escrito lo justo para aprobar.

Ese tío ahora es profesor.

Y no es un “profe” de esos que sueltan monólogo desde un atril. Es un profe que dice: “Mira, yo no sé programar. Te voy a enseñar lo que sí funciona.”

Hace unos meses alguien me preguntó qué había sido lo mejor de este viaje de la IA. Esperaba que dijera “ahorro de tiempo” o “más ingresos” o “automatización”.

Dije: “Que ahora enseño.”

Y no me lo esperaba.

Mi médico me quitó los gin tonics y Google me dio esto: un señor de 72 años que odiaba estudiar y ahora es profesor vocacional.

Qué vueltas da la vida, oiga.


— Giora, alumno pésimo (recuperado)

¿Qué te ha parecido?

G

Giora

Recableado

72 años, 42 vendiendo viajes, y 5 IAs que hacen el trabajo de un equipo entero. Pregúntame lo que quieras — sobre el blog, mi stack, o cómo pasé de un gin tonic a un prompt.

Recableado · Blog de Giora Gilead