Yo no programo: tengo corazonadas (y un batallón que las comprueba)
El martes tuve una llamada con un proveedor nuevo. El viernes ya estaba en producción.
Cuatro días. En mi mundo —el de los viajes, donde llevo desde 1982— enchufar un proveedor de hoteles nuevo es cosa de semanas o meses: correos, dudas, certificaciones, ese ida y vuelta eterno. Esta vez fueron cuatro días. Y yo no escribí ni una línea de código, porque yo no programo. Yo pido.
Le dije a mi IA lo que quería. Ella construyó la conexión, la probó con doce escenarios distintos, los pasó todos, mandó la evidencia, y el técnico del proveedor contestó con una palabra que en este oficio vale oro: “aprobado”. La integración más rápida de mi vida la hizo un señor de Marbella que hace un año no sabía lo que era un prompt.
Pero esa no es la historia que te quería contar. Esa es solo la presumida.
La buena vino después.

La corazonada
Llevo cuarenta años mirando hoteles. Y tengo una manía: cuando algo no me cuadra, no lo dejo pasar. Estaba mirando mi web de esquí y vi que las fichas de los hoteles salían con fotos tristes, genéricas, de relleno. Y algo dentro de mí —llámalo intuición, llámalo cuarenta años— me dijo: “esto no puede ser. Estos proveedores TIENEN las fotos. Las tienen en su casa. Lo que pasa es que nosotros no las estamos viendo.”
Antes, esa corazonada se habría quedado en una queja en voz alta mientras me servía un café (ya no hay gin tonics, eso es otra historia). Hoy tengo otra cosa: un batallón.
El batallón
Le dije a mi IA: “No me fío. Manda a alguien a comprobar, proveedor por proveedor, si cada uno esconde un sistema de fotos que no estamos detectando.” Y mandó. Seis investigadores, cada uno hurgando en las tripas de un proveedor distinto, leyendo respuestas reales, comparando, buscando.
Volvieron con el veredicto. Y resultó que yo tenía razón a medias —que es la mejor manera de tener razón, porque significa que aprendes algo—. Dos proveedores ya enseñaban su foto buena. Uno, de verdad, no tiene fotos (ahí me equivoqué, y oírlo con pruebas en la mano vale más que tener razón a ciegas). Pero uno escondía un cofre: su sistema devolvía la foto real de cada hotel, su descripción, sus servicios… y nosotros le pedíamos tres datos y tirábamos los otros ocho a la basura sin mirarlos.
Lo comprobamos en vivo, contra el sistema de verdad. Ahí estaba la foto del hotel, esperando a que alguien la pidiera. Cuarenta años de oficio me dijeron que estaba; el batallón fue y lo demostró.
La lección que me llevo a los 73
La IA no me ha quitado la intuición. Me la ha multiplicado. Antes mi corazonada moría en el café. Hoy mi corazonada arranca una investigación que un equipo humano tardaría una semana en hacer, y la tengo resuelta antes de irme a pedalear.
No soy más listo que hace un año. Sigo sin programar. Pero ahora, cuando algo me huele raro, ya no me lo trago. Lo mando a comprobar.
De gin tonic a prompt. De la queja a la prueba. De “esto no puede ser” a “tenías razón, Giora”.
A esto vine al sexto continente.
¿Qué te ha parecido?